lunes, 7 de febrero de 2011

A fuego lento

A fuego lento

A fuego lento se cocina la milonga. Temprano está fresco, la ropa recién planchada, el maquillaje y el pelo de las mujeres impecables.

Un par de horas más tarde el lugar está que hierve, de calor y entusiasmo. Ya han llegado todos y un poco más, y la pista está tan llena que prácticamente no se puede bailar. Angurrientos, nadie quiere perderse una tanda. Los amigos se saludan de lejos, alertas como centinelas, para no perder la perspectiva sobre los manjares expuestos. La mujer no se mueve de su mesa, señuelo apetitoso a la espera de su presa.

Entre tanto se cocinan otras cosas. Historias dulces o picantes, a veces amargas también.

Algún gallo veterano, de esos que ya no se cuecen en un sólo hervor, baila con las que le gustan menos para precalentar, para hacerse desear por la elegida, reservársela para las últimas tandas y degustarla más cerca de la hora de partir.

Sabe que no hay que poner de entrada toda la carne en el asador. Si empezara demasiado temprano tendría que bailar con ella toda la noche o dejarla en manos de los buitres, a riesgo de que se le pase el efecto de su seducción. Algunos menos pacientes apuran el lance y salen como gato escaldado.

También hay chicas que se queman. A la más golosa le cuesta esperar, y encara de entrada al mejor bombón. Tendrá que sostener el interés bailando varias tandas y poniéndose en evidencia. Después no la saca más nadie. Él entonces la pone a dieta bailando con otras, mientras se la reserva, calentita, para el final.

Las más prudentes se entretienen con un incauto que es el que calienta la pava para que otro se tome los mates.

Pero tarde o temprano todos tendrán su revancha. La venganza es un plato que se come frío. A la que le tocaron las sobras, mañana le tocará el plato fuerte. El que hoy fue aperitivo, mañana será la cereza del postre.

Sobre el final de la milonga queda el fondo de la olla, el concentrado, la esencia. Hecha de miradas que se perdieron y no llegaron a destino, de sudores y perfumes mezclados, de promesas, de pasos perdidos, de sueños caídos.

Van quedando pocos, en general buenos bailarines o algún achispado que se siente muy solo para volver a su casa. Las chicas, de a dos o tres, amigas entre ellas.

Ahora es la oportunidad para saborear a aquel o aquella a quien uno le tiene hambre hace tiempo y siempre se quedó con las ganas. Se baila informalmente, se hacen bromas de una pareja a otra, hay mucho espacio en la pista, el clima es de confianza, de compañerismo. Cosas que hubieran sido impensables un par de horas antes, ahora pueden suceder. En la puerta de la milonga se propone compartir un taxi, “te llevo” o “llevame”, se pregunta “¿quien va para tal lado?”. Todo el mundo está demasiado cansado como para otro tipo de preocupaciones.

Uno creería que estas cosas suceden sólo en las madrugadas. Pero también hay milongas vespertinas en las que no se ve la luz del día y se pierde la noción del tiempo, en las que se amanece a las diez de la noche, agotados y colmados como después de un largo festín.

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