lunes, 7 de febrero de 2011

Corrientes Milongueras

Corrientes milongueras

Referente inevitable de todo porteño que se precie, la calle Corrientes como un río que atraviesa la ciudad, es identificada por su historia, sus cafés, teatros y librerías y hasta el tan obvio obelisco. Para el amante del tango más aún, por aquello de “Corrientes 348...”1, “Tristezas de la calle Corrientes”2 y otras evocaciones.

Pero para el milonguero3, Corrientes es además la clave secreta del mundo del tango bailado. Calle que con su mística se abre hacia otras corrientes que forman esa red subterránea de Buenos Aires que es la Milonga4.

Si el milonguero experimentado recuerda su historia y las anécdotas que le han dado renombre, el aspirante a bailarín, en cambio, la respeta como un mito incuestionable.

Algunos se inician en la Milonga a través de una visita “turística”, sentados a la mesa de los amigos que los introducen en el rito secreto, atraídos y escandalizados por el impacto de ver a esos fanáticos que se miran, se abrazan, giran y se separan sin un adiós.

Otros se acercan por el dato de un amigo que baila y entran en la corriente, comenzando quizá por conocer un pequeño reducto donde darán sus primeros pasos: confitería antigua, club de barrio, estudio destartalado, en los que una pareja de voluntariosos profesores los inicia en los secretos del básico, los ochos, los giros y paradas5.

El novato descubre ese primer subsuelo de la ciudad con una mezcla de temor y fascinación. Y siente que ha llegado al fondo escondido de un mundo hasta entonces inimaginado.

¡Está viviendo una experiencia que bordea lo marginal! Clase, práctica6, milonga, los limites se borran, se trascienden, se transgreden: edades, orígenes sociales o culturales, proporciones físicas no son ya barreras sino puentes. Pero recién entonces comienza la sorpresa. Apenas repuesto del primer impacto, el ingenuo bailarín o bailarina descubre rápidamente las corrientes subterráneas que fluyen desde y confluyen hacia ese pequeño reducto milonguero. Datos susurrados sobre otros maestros, clases, seminarios o milongas lo inician en ese viaje que ya no tendrá fin ni retorno. Si le pica el “bichito de bailar”, terminará entregado, perdido y encontrado en la marea inmensa del tango.

Comienza a leer las publicaciones que hablan del tango vivo, las estudia, anota días y horas de ese bailar permanente que se extiende cada noche y cada día durante siete días por semana.

Y entra en la “red”, red fantasma para algunos pero una de las redes más vivas de Buenos Aires. Como en un cuento de ciencia ficción, ese pequeño sótano aparentemente cerrado, se abre hacia cientos de puertas y pasadizos que se ramifican atravesando todos los barrios de la ciudad. Y descubre barrios y calles hasta entonces desconocidos, llega a puertas misteriosas, escaleras, silencios... y aterriza deslumbrado en ese espacio lleno de tango, en el centro la mágica pista de los que bailan, en la orilla, las mesas de los que miran.

La calle Corrientes y las otras corrientes que llevan a los milongueros de la tarde a la noche, del martes al miércoles o al domingo, de San Telmo a Almagro, de Villa Urquiza al Centro, en un frenesí de tangos, milongas y valses. En la afanosa búsqueda de una mesa con vista a la pista, el acuerdo con los amigos sobre el mejor lugar para ir un viernes, o simplemente largarse solo a la aventura.

A esa altura muchos ya aprendieron, a veces a golpes de papelón, algunos códigos y modismos. Los nuevos comparten trucos y consejos. Camisas de recambio para los hombres, medias de repuesto para las mujeres, chicles, pastillas de menta, pero además dónde comprar los zapatos, a qué horas llegar.

“¿Cómo hacen para cabecear?”7, pregunta uno ingenuamente. “Yo no sé a quien mirar”, se escucha tímidamente en una mesa de mujeres.

Van conociendo también la cambiante geografía del circuito milonguero. Los pisos suaves que acompañan sensualmente al deslizarse. Los demasiado ásperos, “duros”, que precisan del talco salvador. Los que patinan tanto que se corre el riesgo de quebrarse una pierna o, lo que es peor, romperse un taco. “Volcá un poco de agua en el piso y mojate las suelas”, le aconseja en un susurro una experimentada bailarina con cuatro meses de milonga a su amiga que recién empieza.

Viaje de milonga en milonga, navegantes solitarios que llegan a puertos inquietantes o seguros, recorriendo los canales de esa ciudad oculta tan dormida, despierta e insomne.

Corriente que los arrastrará con su fuerza imponente en un remolino de giros, fluyendo por todas las pistas de Buenos Aires. La Milonga no es otra cosa que un gran club con varias sedes, donde se reencuentran las caras de siempre con las de hoy, la tranquilidad de lo conocido con la expectativa de lo inédito.

Y lo más intransferible: cada uno comienza a entender que una vez que se le abrieron los caminos de la Milonga ya nada será igual, los espacios ganados en el cuerpo y el alma ya no se cerrarán, aún si uno decidiera (en un incomprensible ataque de locura) no volver a bailar jamás.

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