miércoles, 9 de febrero de 2011

El Bazar de los Abrazos

Invitación al abrazo
(A modo de dedicatoria y agradecimientos)

Un día alguien se olvidó una puerta abierta y me colé en la Milonga. Miré, escuché, aprendí a bailar, me contaron cosas, adiviné otras. Fue la experiencia y no la mirada fría y objetiva del investigador la que me despertó el deseo de contar. Frases y situaciones que surgieron oyendo confidencias, quejas, ocurrencias, engendraron estos relatos. Pregunté a los tantos extranjeros que venían a Buenos Aires a bailar, por qué se habían apasionado de ese modo con nuestro tango. La respuesta era siempre la misma: “por el abrazo”.
¿Cómo contarles a los que bailaban lo que ya sabían, lo que ellos mismos estaban viviendo? Decidí hacerlos cómplices y que se vieran reflejados. Y se encontraron como en un espejo.
Creían reconocerse en algún personaje: "decime, el gordito que baila con las flacas soy yo, ¿no?". Otras se sentían vengadas: "que bueno que hablaste de las mal bailadas, se lo merecen". Algunos me dijeron: "los leo para entender lo que me pasa". Me daban ideas, me sugerían que escribiera sobre temas que les inquietaban. Todos se sentían legitimados en su berretín.
Hijo natural de una pasión con el tango, apadrinado por los milongueros, acunado por las bailarinas, nació este libro. Robándole al baile el tiempo para escribir y al escribir el tiempo para bailar, ya que el tiempo del trabajo era intocable. Con la picardía de la milonga, la pasión del tango y el vértigo del vals, se hizo este abrazo porteño que quise compartir con cada uno.
El Bazar tuvo repercusión en varios países. La revista Reportango de New York reproduce en cada número un capítulo en inglés. Se hicieron traducciones en portugués, italiano, alemán, ruso y francés. Fue publicado en Alemania y próximamente se editará en Suecia. Despertó el interés de antropólogos norteamericanos que lo incorporaron como material de lectura en la Cátedra de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Berkeley.
Y así llegó la segunda edición. El libro se amplió con los comentarios de los bailarines, y otras notas que había guardado en secreto. Hoy el Bazar se ha poblado de nuevos abrazos, y en él se encuentran los locales y los extranjeros, los que bailan o no, los eternos amantes del tango y los que apenas empiezan a descubrirlo.

Corrientes milongueras

Referente inevitable de todo porteño que se precie, la calle Corrientes como un río que atraviesa la ciudad, es identificada por su historia, sus cafés, teatros y librerías y hasta el tan obvio obelisco. Para el amante del tango más aún, por aquello de “Corrientes 348...”1, “Tristezas de la calle Corrientes”2 y otras evocaciones.
Pero para el milonguero3, Corrientes es además la clave secreta del mundo del tango bailado. Calle que con su mística se abre hacia otras corrientes que forman esa red subterránea de Buenos Aires que es la Milonga4.
Si el milonguero experimentado recuerda su historia y las anécdotas que le han dado renombre, el aspirante a bailarín, en cambio, la respeta como un mito incuestionable.
Algunos se inician en la Milonga a través de una visita “turística”, sentados a la mesa de los amigos que los introducen en el rito secreto, atraídos y escandalizados por el impacto de ver a esos fanáticos que se miran, se abrazan, giran y se separan sin un adiós.
Otros se acercan por el dato de un amigo que baila y entran en la corriente, comenzando quizá por conocer un pequeño reducto donde darán sus primeros pasos: confitería antigua, club de barrio, estudio destartalado, en los que una pareja de voluntariosos profesores los inicia en los secretos del básico, los ochos, los giros y paradas5.
El novato descubre ese primer subsuelo de la ciudad con una mezcla de temor y fascinación. Y siente que ha llegado al fondo escondido de un mundo hasta entonces inimaginado.
¡Está viviendo una experiencia que bordea lo marginal! Clase, práctica6, milonga, los limites se borran, se trascienden, se transgreden: edades, orígenes sociales o culturales, proporciones físicas no son ya barreras sino puentes. Pero recién entonces comienza la sorpresa. Apenas repuesto del primer impacto, el ingenuo bailarín o bailarina descubre rápidamente las corrientes subterráneas que fluyen desde y confluyen hacia ese pequeño reducto milonguero. Datos susurrados sobre otros maestros, clases, seminarios o milongas lo inician en ese viaje que ya no tendrá fin ni retorno. Si le pica el “bichito de bailar”, terminará entregado, perdido y encontrado en la marea inmensa del tango.
Comienza a leer las publicaciones que hablan del tango vivo, las estudia, anota días y horas de ese bailar permanente que se extiende cada noche y cada día durante siete días por semana.
Y entra en la “red”, red fantasma para algunos pero una de las redes más vivas de Buenos Aires. Como en un cuento de ciencia ficción, ese pequeño sótano aparentemente cerrado, se abre hacia cientos de puertas y pasadizos que se ramifican atravesando todos los barrios de la ciudad. Y descubre barrios y calles hasta entonces desconocidos, llega a puertas misteriosas, escaleras, silencios... y aterriza deslumbrado en ese espacio lleno de tango, en el centro la mágica pista de los que bailan, en la orilla, las mesas de los que miran.
La calle Corrientes y las otras corrientes que llevan a los milongueros de la tarde a la noche, del martes al miércoles o al domingo, de San Telmo a Almagro, de Villa Urquiza al Centro, en un frenesí de tangos, milongas y valses. En la afanosa búsqueda de una mesa con vista a la pista, el acuerdo con los amigos sobre el mejor lugar para ir un viernes, o simplemente largarse solo a la aventura.
A esa altura muchos ya aprendieron, a veces a golpes de papelón, algunos códigos y modismos. Los nuevos comparten trucos y consejos. Camisas de recambio para los hombres, medias de repuesto para las mujeres, chicles, pastillas de menta, pero además dónde comprar los zapatos, a qué horas llegar.
“¿Cómo hacen para cabecear?”7, pregunta uno ingenuamente. “Yo no sé a quien mirar”, se escucha tímidamente en una mesa de mujeres.
Van conociendo también la cambiante geografía del circuito milonguero. Los pisos suaves que acompañan sensualmente al deslizarse. Los demasiado ásperos, “duros”, que precisan del talco salvador. Los que patinan tanto que se corre el riesgo de quebrarse una pierna o, lo que es peor, romperse un taco. “Volcá un poco de agua en el piso y mojate las suelas”, le aconseja en un susurro una experimentada bailarina con cuatro meses de milonga a su amiga que recién empieza.
Viaje de milonga en milonga, navegantes solitarios que llegan a puertos inquietantes o seguros, recorriendo los canales de esa ciudad oculta tan dormida, despierta e insomne.
Corriente que los arrastrará con su fuerza imponente en un remolino de giros, fluyendo por todas las pistas de Buenos Aires. La Milonga no es otra cosa que un gran club con varias sedes, donde se reencuentran las caras de siempre con las de hoy, la tranquilidad de lo conocido con la expectativa de lo inédito.
Y lo más intransferible: cada uno comienza a entender que una vez que se le abrieron los caminos de la Milonga ya nada será igual, los espacios ganados en el cuerpo y el alma ya no se cerrarán, aún si uno decidiera (en un incomprensible ataque de locura) no volver a bailar jamás.

Así se baila el tango

Encuentro que comienza en la mirada, continúa en el abrazo y se despliega en el baile. Contrapunto de experiencia con creatividad, equilibrio con sensibilidad, comunicación cómplice con esquiva seducción.
Ya desde el abrazo se pacta sin palabras la calidad de la entrega. La proximidad, el apile, el modo de contacto entre las cabezas, la presión del brazo de él estrechando el talle de ella, el peso del brazo de ella rodeando el cuello de él. Envolvente, acariciante, o con la mano sobre el hombro, rozándolo apenas.
En la salida él ya define el largo de los pasos y la energía que le es propia. Ella recibe la apuesta y responde desde su energía contenida.
Bailan juntos compartiendo espacios llenos y vacíos. Cada uno escucha el cuerpo del otro, adivina sus pies, registra su emoción, a veces su ansiedad, otras su sorpresa. Se transmiten sus vivencias en un diálogo secreto de preguntas y respuestas. A veces ruego, regateo, exigencia. Otras reserva, recato, recelo.
Aunque algunas se adelantan y contestan antes de que él termine de preguntar, o dejan la pregunta sin respuesta. Otros se expresan con dificultad o indecisión. Ella tendrá que traducir, y el sentido se le aclara con una décima de segundos de demora. Demasiado alerta, se cansa más y disfruta menos.
No se miran ni se hablan. Si hacen falta palabras es porque el lenguaje de los cuerpos está fallando. Ella no toma la iniciativa, sólo intercala algún capricho que no perturbe la continuidad del desplazamiento. Presiente la intención y se atrasa apenas, para crear suspenso y una leve tensión que indica que está allí presente y que él no baila solo.
En el tango, igual que en la vida, el único dominio del tiempo que tiene la mujer respecto del hombre es frenarlo, nunca apurarlo. Y ese es el arte de ella. El hombre avanza y la mujer resiste, sin mucha convicción, es cierto.
Milonguero de ley, ni siquiera necesita marcar. La toma firmemente entre sus brazos y la cobija en su pecho. Se la lleva puesta, “dormida”, y la guía con el fuelle acompasado de su propia respiración.
Parecen uno solo, cuerpo y alma. Pero dicen que para bailar el tango hacen falta dos. Y, sin embargo, dos no alcanzan. En esa celebración, hombre y mujer están bailando acompañados.
Bailan con la música, lenta o picadita. Con cada orquesta y su estilo único, siguiendo el ritmo o la melodía, el bandoneón o el violín. Con el cantor, que les susurra al oído retazos de sueños o pesadillas. Baila cada uno consigo mismo, su sentimiento, su cuerpo, su oído que transforma la música en movimiento.
Bailan con las otras parejas en círculo formando un gran coro que multiplica su propia energía. Bailan con el piso, que les trae las vibraciones de los otros bailarines, y le devuelven en caricias el apoyo que les brinda. Bailan también con la mirada externa de un público real o imaginario, que los ampara y los aprueba.
Sutil equilibrio de relaciones en el que ninguna debe predominar. El egoísta que baila solo despoja a su pareja de la tan ansiada unión. La pareja que se encierra queda aislada, privándose de recibir el fuego sagrado de los otros así como de aportar su propio ardor a la danza tribal. Los que sólo se exhiben traicionan su intimidad.
Pero cuando todas las partes han sido convocadas por igual, la comunión es perfecta. Misterio de los cuerpos en armonía, magia del tango que los lleva al éxtasis, la emoción es intensa y total, cuerpo y alma. Conviven así, latiendo juntos “sintiendo en la cara la sangre que sube a cada compás”, “mezclando el aliento”, “cerrando los ojos para oír mejor”38.
En absurda contradicción anhelan que ese tango siga para siempre y que termine pronto, por miedo a que un traspié pueda romper el encanto.
Se apaga la última nota, hacen durar el abrazo por unos instantes más. Cuando la experiencia es fuera de lo común, las palabras sobran, se miran casi con pudor, o ni se miran, conmovidos y asustados de tanta entrega.

A fuego lento

A fuego lento se cocina la milonga. Temprano está fresco, la ropa recién planchada, el maquillaje y el pelo de las mujeres impecables.
Un par de horas más tarde el lugar está que hierve, de calor y entusiasmo. Ya han llegado todos y un poco más, y la pista está tan llena que prácticamente no se puede bailar. Angurrientos, nadie quiere perderse una tanda. Los amigos se saludan de lejos, alertas como centinelas, para no perder la perspectiva sobre los manjares expuestos. La mujer no se mueve de su mesa, señuelo apetitoso a la espera de su presa.
Entre tanto se cocinan otras cosas. Historias dulces o picantes, a veces amargas también.
Algún gallo veterano, de esos que ya no se cuecen en un sólo hervor, baila con las que le gustan menos para precalentar, para hacerse desear por la elegida, reservársela para las últimas tandas y degustarla más cerca de la hora de partir.
Sabe que no hay que poner de entrada toda la carne en el asador. Si empezara demasiado temprano tendría que bailar con ella toda la noche o dejarla en manos de los buitres, a riesgo de que se le pase el efecto de su seducción. Algunos menos pacientes apuran el lance y salen como gato escaldado.
También hay chicas que se queman. A la más golosa le cuesta esperar, y encara de entrada al mejor bombón. Tendrá que sostener el interés bailando varias tandas y poniéndose en evidencia. Después no la saca más nadie. Él entonces la pone a dieta bailando con otras, mientras se la reserva, calentita, para el final.
Las más prudentes se entretienen con un incauto que es el que calienta la pava para que otro se tome los mates.
Pero tarde o temprano todos tendrán su revancha. La venganza es un plato que se come frío. A la que le tocaron las sobras, mañana le tocará el plato fuerte. El que hoy fue aperitivo, mañana será la cereza del postre.
Sobre el final de la milonga queda el fondo de la olla, el concentrado, la esencia. Hecha de miradas que se perdieron y no llegaron a destino, de sudores y perfumes mezclados, de promesas, de pasos perdidos, de sueños caídos.
Van quedando pocos, en general buenos bailarines o algún achispado que se siente muy solo para volver a su casa. Las chicas, de a dos o tres, amigas entre ellas.
Ahora es la oportunidad para saborear a aquel o aquella a quien uno le tiene hambre hace tiempo y siempre se quedó con las ganas. Se baila informalmente, se hacen bromas de una pareja a otra, hay mucho espacio en la pista, el clima es de confianza, de compañerismo. Cosas que hubieran sido impensables un par de horas antes, ahora pueden suceder. En la puerta de la milonga se propone compartir un taxi, “te llevo” o “llevame”, se pregunta “¿quien va para tal lado?”. Todo el mundo está demasiado cansado como para otro tipo de preocupaciones.
Uno creería que estas cosas suceden sólo en las madrugadas. Pero también hay milongas vespertinas en las que no se ve la luz del día y se pierde la noción del tiempo, en las que se amanece a las diez de la noche, agotados y colmados como después de un largo festín.

lunes, 7 de febrero de 2011

A fuego lento

A fuego lento

A fuego lento se cocina la milonga. Temprano está fresco, la ropa recién planchada, el maquillaje y el pelo de las mujeres impecables.

Un par de horas más tarde el lugar está que hierve, de calor y entusiasmo. Ya han llegado todos y un poco más, y la pista está tan llena que prácticamente no se puede bailar. Angurrientos, nadie quiere perderse una tanda. Los amigos se saludan de lejos, alertas como centinelas, para no perder la perspectiva sobre los manjares expuestos. La mujer no se mueve de su mesa, señuelo apetitoso a la espera de su presa.

Entre tanto se cocinan otras cosas. Historias dulces o picantes, a veces amargas también.

Algún gallo veterano, de esos que ya no se cuecen en un sólo hervor, baila con las que le gustan menos para precalentar, para hacerse desear por la elegida, reservársela para las últimas tandas y degustarla más cerca de la hora de partir.

Sabe que no hay que poner de entrada toda la carne en el asador. Si empezara demasiado temprano tendría que bailar con ella toda la noche o dejarla en manos de los buitres, a riesgo de que se le pase el efecto de su seducción. Algunos menos pacientes apuran el lance y salen como gato escaldado.

También hay chicas que se queman. A la más golosa le cuesta esperar, y encara de entrada al mejor bombón. Tendrá que sostener el interés bailando varias tandas y poniéndose en evidencia. Después no la saca más nadie. Él entonces la pone a dieta bailando con otras, mientras se la reserva, calentita, para el final.

Las más prudentes se entretienen con un incauto que es el que calienta la pava para que otro se tome los mates.

Pero tarde o temprano todos tendrán su revancha. La venganza es un plato que se come frío. A la que le tocaron las sobras, mañana le tocará el plato fuerte. El que hoy fue aperitivo, mañana será la cereza del postre.

Sobre el final de la milonga queda el fondo de la olla, el concentrado, la esencia. Hecha de miradas que se perdieron y no llegaron a destino, de sudores y perfumes mezclados, de promesas, de pasos perdidos, de sueños caídos.

Van quedando pocos, en general buenos bailarines o algún achispado que se siente muy solo para volver a su casa. Las chicas, de a dos o tres, amigas entre ellas.

Ahora es la oportunidad para saborear a aquel o aquella a quien uno le tiene hambre hace tiempo y siempre se quedó con las ganas. Se baila informalmente, se hacen bromas de una pareja a otra, hay mucho espacio en la pista, el clima es de confianza, de compañerismo. Cosas que hubieran sido impensables un par de horas antes, ahora pueden suceder. En la puerta de la milonga se propone compartir un taxi, “te llevo” o “llevame”, se pregunta “¿quien va para tal lado?”. Todo el mundo está demasiado cansado como para otro tipo de preocupaciones.

Uno creería que estas cosas suceden sólo en las madrugadas. Pero también hay milongas vespertinas en las que no se ve la luz del día y se pierde la noción del tiempo, en las que se amanece a las diez de la noche, agotados y colmados como después de un largo festín.

Así se baila el tango

Así se baila el tango

Encuentro que comienza en la mirada, continúa en el abrazo y se despliega en el baile. Contrapunto de experiencia con creatividad, equilibrio con sensibilidad, comunicación cómplice con esquiva seducción.

Ya desde el abrazo se pacta sin palabras la calidad de la entrega. La proximidad, el apile, el modo de contacto entre las cabezas, la presión del brazo de él estrechando el talle de ella, el peso del brazo de ella rodeando el cuello de él. Envolvente, acariciante, o con la mano sobre el hombro, rozándolo apenas.

En la salida él ya define el largo de los pasos y la energía que le es propia. Ella recibe la apuesta y responde desde su energía contenida.

Bailan juntos compartiendo espacios llenos y vacíos. Cada uno escucha el cuerpo del otro, adivina sus pies, registra su emoción, a veces su ansiedad, otras su sorpresa. Se transmiten sus vivencias en un diálogo secreto de preguntas y respuestas. A veces ruego, regateo, exigencia. Otras reserva, recato, recelo.

Aunque algunas se adelantan y contestan antes de que él termine de preguntar, o dejan la pregunta sin respuesta. Otros se expresan con dificultad o indecisión. Ella tendrá que traducir, y el sentido se le aclara con una décima de segundos de demora. Demasiado alerta, se cansa más y disfruta menos.

No se miran ni se hablan. Si hacen falta palabras es porque el lenguaje de los cuerpos está fallando. Ella no toma la iniciativa, sólo intercala algún capricho que no perturbe la continuidad del desplazamiento. Presiente la intención y se atrasa apenas, para crear suspenso y una leve tensión que indica que está allí presente y que él no baila solo.

En el tango, igual que en la vida, el único dominio del tiempo que tiene la mujer respecto del hombre es frenarlo, nunca apurarlo. Y ese es el arte de ella. El hombre avanza y la mujer resiste, sin mucha convicción, es cierto.

Milonguero de ley, ni siquiera necesita marcar. La toma firmemente entre sus brazos y la cobija en su pecho. Se la lleva puesta, “dormida”, y la guía con el fuelle acompasado de su propia respiración.

Parecen uno solo, cuerpo y alma. Pero dicen que para bailar el tango hacen falta dos. Y, sin embargo, dos no alcanzan. En esa celebración, hombre y mujer están bailando acompañados.

Bailan con la música, lenta o picadita. Con cada orquesta y su estilo único, siguiendo el ritmo o la melodía, el bandoneón o el violín. Con el cantor, que les susurra al oído retazos de sueños o pesadillas. Baila cada uno consigo mismo, su sentimiento, su cuerpo, su oído que transforma la música en movimiento.

Bailan con las otras parejas en círculo formando un gran coro que multiplica su propia energía. Bailan con el piso, que les trae las vibraciones de los otros bailarines, y le devuelven en caricias el apoyo que les brinda. Bailan también con la mirada externa de un público real o imaginario, que los ampara y los aprueba.

Sutil equilibrio de relaciones en el que ninguna debe predominar. El egoísta que baila solo despoja a su pareja de la tan ansiada unión. La pareja que se encierra queda aislada, privándose de recibir el fuego sagrado de los otros así como de aportar su propio ardor a la danza tribal. Los que sólo se exhiben traicionan su intimidad.

Pero cuando todas las partes han sido convocadas por igual, la comunión es perfecta. Misterio de los cuerpos en armonía, magia del tango que los lleva al éxtasis, la emoción es intensa y total, cuerpo y alma. Conviven así, latiendo juntos “sintiendo en la cara la sangre que sube a cada compás”, “mezclando el aliento”, “cerrando los ojos para oír mejor”38.

En absurda contradicción anhelan que ese tango siga para siempre y que termine pronto, por miedo a que un traspié pueda romper el encanto.

Se apaga la última nota, hacen durar el abrazo por unos instantes más. Cuando la experiencia es fuera de lo común, las palabras sobran, se miran casi con pudor, o ni se miran, conmovidos y asustados de tanta entrega.

Corrientes Milongueras

Corrientes milongueras

Referente inevitable de todo porteño que se precie, la calle Corrientes como un río que atraviesa la ciudad, es identificada por su historia, sus cafés, teatros y librerías y hasta el tan obvio obelisco. Para el amante del tango más aún, por aquello de “Corrientes 348...”1, “Tristezas de la calle Corrientes”2 y otras evocaciones.

Pero para el milonguero3, Corrientes es además la clave secreta del mundo del tango bailado. Calle que con su mística se abre hacia otras corrientes que forman esa red subterránea de Buenos Aires que es la Milonga4.

Si el milonguero experimentado recuerda su historia y las anécdotas que le han dado renombre, el aspirante a bailarín, en cambio, la respeta como un mito incuestionable.

Algunos se inician en la Milonga a través de una visita “turística”, sentados a la mesa de los amigos que los introducen en el rito secreto, atraídos y escandalizados por el impacto de ver a esos fanáticos que se miran, se abrazan, giran y se separan sin un adiós.

Otros se acercan por el dato de un amigo que baila y entran en la corriente, comenzando quizá por conocer un pequeño reducto donde darán sus primeros pasos: confitería antigua, club de barrio, estudio destartalado, en los que una pareja de voluntariosos profesores los inicia en los secretos del básico, los ochos, los giros y paradas5.

El novato descubre ese primer subsuelo de la ciudad con una mezcla de temor y fascinación. Y siente que ha llegado al fondo escondido de un mundo hasta entonces inimaginado.

¡Está viviendo una experiencia que bordea lo marginal! Clase, práctica6, milonga, los limites se borran, se trascienden, se transgreden: edades, orígenes sociales o culturales, proporciones físicas no son ya barreras sino puentes. Pero recién entonces comienza la sorpresa. Apenas repuesto del primer impacto, el ingenuo bailarín o bailarina descubre rápidamente las corrientes subterráneas que fluyen desde y confluyen hacia ese pequeño reducto milonguero. Datos susurrados sobre otros maestros, clases, seminarios o milongas lo inician en ese viaje que ya no tendrá fin ni retorno. Si le pica el “bichito de bailar”, terminará entregado, perdido y encontrado en la marea inmensa del tango.

Comienza a leer las publicaciones que hablan del tango vivo, las estudia, anota días y horas de ese bailar permanente que se extiende cada noche y cada día durante siete días por semana.

Y entra en la “red”, red fantasma para algunos pero una de las redes más vivas de Buenos Aires. Como en un cuento de ciencia ficción, ese pequeño sótano aparentemente cerrado, se abre hacia cientos de puertas y pasadizos que se ramifican atravesando todos los barrios de la ciudad. Y descubre barrios y calles hasta entonces desconocidos, llega a puertas misteriosas, escaleras, silencios... y aterriza deslumbrado en ese espacio lleno de tango, en el centro la mágica pista de los que bailan, en la orilla, las mesas de los que miran.

La calle Corrientes y las otras corrientes que llevan a los milongueros de la tarde a la noche, del martes al miércoles o al domingo, de San Telmo a Almagro, de Villa Urquiza al Centro, en un frenesí de tangos, milongas y valses. En la afanosa búsqueda de una mesa con vista a la pista, el acuerdo con los amigos sobre el mejor lugar para ir un viernes, o simplemente largarse solo a la aventura.

A esa altura muchos ya aprendieron, a veces a golpes de papelón, algunos códigos y modismos. Los nuevos comparten trucos y consejos. Camisas de recambio para los hombres, medias de repuesto para las mujeres, chicles, pastillas de menta, pero además dónde comprar los zapatos, a qué horas llegar.

“¿Cómo hacen para cabecear?”7, pregunta uno ingenuamente. “Yo no sé a quien mirar”, se escucha tímidamente en una mesa de mujeres.

Van conociendo también la cambiante geografía del circuito milonguero. Los pisos suaves que acompañan sensualmente al deslizarse. Los demasiado ásperos, “duros”, que precisan del talco salvador. Los que patinan tanto que se corre el riesgo de quebrarse una pierna o, lo que es peor, romperse un taco. “Volcá un poco de agua en el piso y mojate las suelas”, le aconseja en un susurro una experimentada bailarina con cuatro meses de milonga a su amiga que recién empieza.

Viaje de milonga en milonga, navegantes solitarios que llegan a puertos inquietantes o seguros, recorriendo los canales de esa ciudad oculta tan dormida, despierta e insomne.

Corriente que los arrastrará con su fuerza imponente en un remolino de giros, fluyendo por todas las pistas de Buenos Aires. La Milonga no es otra cosa que un gran club con varias sedes, donde se reencuentran las caras de siempre con las de hoy, la tranquilidad de lo conocido con la expectativa de lo inédito.

Y lo más intransferible: cada uno comienza a entender que una vez que se le abrieron los caminos de la Milonga ya nada será igual, los espacios ganados en el cuerpo y el alma ya no se cerrarán, aún si uno decidiera (en un incomprensible ataque de locura) no volver a bailar jamás.

01. Invitación al abrazo

Invitación al abrazo (a modo de dedicatoria y agradecimientos)

Un día alguien se olvidó una puerta abierta y me colé en la Milonga. Miré, escuché, aprendí a bailar, me contaron cosas, adiviné otras. Fue la experiencia y no la mirada fría y objetiva del investigador la que me despertó el deseo de contar. Frases y situaciones que surgieron oyendo confidencias, quejas, ocurrencias, engendraron estos relatos. Pregunté a los tantos extranjeros que venían a Buenos Aires a bailar, por qué se habían apasionado de ese modo con nuestro tango. La respuesta era siempre la misma: “por el abrazo”.

¿Cómo contarles a los que bailaban lo que ya sabían, lo que ellos mismos estaban viviendo? Decidí hacerlos cómplices y que se vieran reflejados. Y se encontraron como en un espejo.

Creían reconocerse en algún personaje: “decime, el gordito que baila con las flacas soy yo, ¿no?”. Otras se sentían vengadas: “ qué bueno que hablaste de las mal bailadas, se lo merecen”. Algunos me dijeron: “los leo para entender lo que me pasa.” Me daban ideas, me sugerían que escribiera sobre temas que les inquietaban. Todos se sentían legitimados en su berretín.

Hijo natural de una pasión con el tango, apadrinado por los milongueros, acunado por las bailarinas, nació este libro. Robándole al baile el tiempo para escribir y al escribir el tiempo para bailar, ya que el tiempo del trabajo era intocable. Con la picardía de la milonga, la pasión del tango y el vértigo del vals, se hizo este abrazo porteño que quise compartir con cada uno.

El Bazar tuvo repercusión en varios países. La revista Reportango de New York reproduce en cada número un capítulo en inglés. Se hicieron traducciones en portugués, italiano, alemán, ruso y francés. Fue publicado en Alemania y próximamente se editará en Suecia. Despertó el interés de antropólogos norteamericanos que lo incorporaron como material de lectura en la Cátedra de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Berkeley.

Y así llegó la segunda edición. El libro se amplió con los comentarios de los bailarines, y otras notas que había guardado en secreto. Hoy el Bazar se ha poblado de nuevos abrazos, y en él se encuentran los locales y los extranjeros, los que bailan o no, los eternos amantes del tango y los que apenas empiezan a descubrirlo.